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Y viendo a mis amigos, a mis amigos, tendidos en la alfombra, sin moverse. Yo también era nacho.
Y junto a mis amigos vivimos uno de los peores momentos que cualquier ser humano podría pasar. Estando en casa de un extraño, donde ya no había fiesta y absolutamente todos estaban dormidos.
O eso parecía. Porque, no, no, no, no, no estaban dormidos.
Yo no pude despertarlos. No estaban dormidos.
Yo no pude despertarlos. Tratamos.
Tratamos, ¿te acuerdas que tratamos? Sí, una y otra vez, pero no, no abrían el ojo.
Y don ernesto, no sabíamos nada de él. Y lo más preocupante era que además de que no estaba don ernesto, no habíamos visto una sola alma en esa casa.
Algo que, pues, obviamente nos causó extrañamiento. En el momento de la fiesta nunca lo consideramos.
Pero en una casa tan grande, en una hacienda con cuartos secretos, con portones y muchas más cosas, no había una sola alma. Y de repente, ese miedo que te llega hasta lo más profunda, que pasa por toda tu columna, ¿qué va a pasar con nosotros?
Porque nos levantamos y las puertas estaban cerradas. Cerradas, y las ventanas, ¿te acuerdas de esas ventanas que se cierran así antiguas?
Don ernesto, don ernesto. Ayúdame, casandra, ayúdame.
¡don ernesto! ¡ernesto!
Por favor. ¡ernesto!
¿qué es eso? Y de repente yo le decía, casandra, ¿estás escuchando eso?
Sí, sí, suena como una bestia. No, no, no, no, no, no.
¿qué está pasando? ¿qué es ese ruido?
Nacho, ¿qué estás bromeando, nacho? Y de repente escuchábamos los pasos, escuchábamos pasos.
Pero unos pasos enormes. Se estaban acercando los pasos.
Yo me acuerdo que me puse detrás de ellos y nuestros amigos seguían tirados en el suelo. ¿y qué era?
¿qué estaba pasando? ¿qué son esos pasos?
Pero no eran uno. ¡tírense al suelo!
¡tírense al suelo! ¡lo que sea!
No la olviden, no la olviden, no la olviden. La puerta, tocaban la puerta y seguían tocando la puerta, arrítmico.
Como alguien que hubiera perdido la propia vida. No era normal, no era una persona.
O que se estaba muriendo, no sabíamos lo que era. ¡muevan, callen!
¡nos van a descubrir! Y de repente nuestra desesperación dice, existen.
En serio. Son vistos.
El amor de dios, yo tengo mucho miedo, cuícha. Subimos y rompemos la ventana y huimos.
¿pero cómo vamos a huir si las ventanas tienen cubierta de madera? Tienen las puertas de madera también y tienen...
Gracias, amor. Gracias, amor.
Gracias. Listo, vamos a los perros, vamos a los perros.
Y de repente empezábamos a ver cómo giraba el manubrio. La perilla.
La perilla estaba moviéndose de un lado para otro. Estaban arrastrando la puerta.
¿qué hacemos, cassandra? ¿qué hacemos?
Sí, no sé qué voy a hacer. Se supone que ustedes tienen que defenderme.
Cassandra, tú eres la que siempre piensa, piensa. A ver, a ver, déjenme, déjenme pensar.
Me acuerdo que mi abuela me contaba que vivía por estas zonas. Sí.
Y que había una cosa que le decían una... Una gualna, una guana, ni guana.
No, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no. El chiste es que es un hombre que tiene la capacidad como...
Es como un brujo y tiene la capacidad de convertirse en perro o en cualquier otra cosa. Y básicamente se lleva las almas.
¿se alimentaba de almas? Vendrá por nosotros.
Sí. Ay, por el amor de dios, estoy aterrada.
Yo también. ¿qué hacemos?
¿qué hacemos a nuestros amigos? Espérame, teléfono.
No tiene señal. No tiene señal.
Muévete, muévete, muévete, jesús, muévete, muévete. Ay, no, no, no, no, no, no.
La espalda despierta. ¿y entonces?
Una mano entraba por esa puerta. Empezaba a astillarse poco a poco.
Y nos pegábamos, nos pegamos a la ventana. ¿dónde vamos a correr?
No hay, no hay, no hay forma de salir, no hay forma de salir de esta casa. Y nuestros amigos seguían, seguían sin moverse, seguían sin moverse.
Ay, yo no quiero que se lleven mi alma. Ay, por favor.
Por favor, por favor, recen. Yo no quiero que se lleven mi alma.
Recen, recen. Todos nuestros amigos seguían sin moverse.
Y entonces yo le dije a mis amigos, los que quedábamos, busquemos un lugar por donde escapar. Creo que vi en el fondo un agujero que da a la parte de abajo, donde tienen las destiladeras.
Tal vez si podemos con algo romper la puerta. Y mientras tanto, ella me decía que la única manera de sacarse una gualda encima...
¡rápido! Es que no me acuerdo, estoy tratando de acordarme cómo te quitas una gualda encima.
¿javier? Había una oración, había una oración que decían de tiempos de antaño.
Una oración que permitía darnos un escudo para que ese nahual no nos pudiera ver. ¡pero cómo era, nacho!
Era algo así como... ¿cómo era, por dios?
¡decuérdate! Era, era, padre, padre, protégenos, padre, protégenos, padre, protégenos.
Tres veces se tenía que decir, padre, protégenos, padre, protégenos, padre, protégenos, padre, protégenos, padre, protégenos. Y cesó.
De repente, el golpeteo ya no existía. Por aquí se entran los cortes de servicio.
Casano, tú nos decías algo. Silencio, silencio.
Yo me piqué bien porque me puse a buscar. ¿pero cómo se piqué?
Aquí está, porque yo entré a la casa y en cuanto ustedes estaban platicando con don ernesto, siempre me han llamado la atención las casas en vivo. ¡maldito don ernesto!
Silencio, silencio. Aquí es, aquí es.
Solo hay que mover esos cajones. Miren, ahí hay una ranura.
A ver, una vez. ¿dónde están las botellas de vino?
Ahí está. Efectivamente, sí hay una puerta.
¿qué es la puerta? Tenemos que romper el candado.
¿de una vez? Romper el candado.
Romper el candado. ¿cómo, con qué?
Con esa piedra que está ahí. No se rompe, no se rompe, no se rompe.
Déjame tratar. No se rompe, no se rompe.
A ver, toma, toma, toma. Y otra vez el ruido lo empezamos a escuchar.
Y se estaba acercando. Solamente tenemos que llegar hasta la puerta de la hacienda, se los prometo, hasta la puerta de la hacienda.
Pero está lejísima. Cállate, vamos a...
Corran, corran, corran. ¿qué pasó?
Me caí, me caí, no puedo, mi rodilla. No puedo, no puedo caminar, no puedo caminar.
Vete, abrázanos, abrázanos. Ayúdenme.
Déjalo, déjalo. No, no me dejes, maldito nacho.
No seas cobarde. No, nacho, no tenemos que salir de aquí.
Vamos, vamos. Y entonces corrimos.
Corrimos y corrimos, repitiendo la misma oración. Ayúdenme, no me dejen atrás.
Una y otra vez. Padre, protégenos.
Padre, protégenos. No, no te dejes.
Hasta que por fin la luna comenzó a clarear y encontramos una vieja choza que estaba ahí, donde vivían unos campesinos. Tocamos la puerta y yo creo que ya estaba muy, muy acostumbrada.
No puedo más, ayúdenme a entrar. No puedo más, ayúdenme a entrar.
Pase, joven, ¿qué les pasó? Y le contamos todo lo que había pasado.
Maldito viejo nos engañó. No era un agual.
Don ernesto era un hombre lobo. Y todo mundo sabía que las noches de luna llenadas no había que ir.
Eso es lo que dijeron, ¿te acuerdas? Sí.
Que había contagiado esa enfermedad y que teníamos que tener mucho cuidado. Que había que degollar a nuestros amigos o se iban a volver lobos.
Casandra, casandra, casandra, hazme caso. Casandra, mira estas marcas.
Tienes un rasguño. Mira estas marcas.
Tienes un rasguño, casandra. Y se acabó la historia.
No te lo traigues. Guapos.
Sí, yo manubrio era la... Sí, perdón.
Se me fue, se me fue, se me fue. ¿ves?
¿ves como si se te van cosas? Se me fue, se me fue.
Pero hoy no se nos fueron ahorita tantas como hace rato. Se me fue, se me fue.
Bueno, pues esta es una historia más de la hora macabra. La hora manchada.
La hora manchada.